TALABARTERÍA
Una cumbia de “Medardo y sus Players” -una orquesta nacional de antaño- entretiene la mañana de Emilio Barcia, un hombre de 70 años que, durante 50 de éstos, se ha dedicado al negocio de la talabartería (tienda de artículos de cuero).
En su local, llamado “La Hacienda” -ubicado en la calle Alajuela, justo entre la Córdova y García Moreno, en Portoviejo- hay varias docenas de “cabezadas” (riendas para caballo), que tiene allí colgadas y sin vender desde hace más de 10 años. Dice que esos artículos ahora son parte de un adorno que recuerda las bajas ventas del negocio.
Luego de enseñar la vieja mercadería, el comerciante camina hasta una silla giratoria de oficina que tiene en la parte izquierda de su tienda. Frente a ese mueble hay una mesa y sobre ella un equipo de sonido que, reproduciendo la cumbia “La esquina de Pérez”, cuenta, entre sus lados, con una amplia gama de discos compactos. Todos éstos con temas clásicos de diferentes ritmos. El moderno artefacto llama la atención porque contrasta entre las prendas artesanales que están colgadas en todas partes de su talabartería. Al preguntársele sobre su negocio, Barcia, ya sentado, suspira. Cierra por unos segundos sus ojos y lo primero que hace es evocar recuerdos de los inicios de su local. De estos, sólo buenos comentarios. Pero, instantes después, su rostro de complacencia cambia a una mueca de pesar, recordando que ahora, “por las bajas ventas, estoy pensando seriamente en cerrar el negocio e incursionar en otro”, afirma.
Más allá del local de Barcia, sólo pasando una cuadra, está la talabartería “Las Hamacas” de Luber Pinargote. Un negocio que oferta sus artículos desde hace 34 años. Allí, en similar condición a la de Barcia, Pinargote espera a los compradores. Frente a su silla también hay una mesa que utiliza de soporte para sus brazos que, apoyados en sus codos, expresan corporalmente la espera de clientes “que en la mayoría de los días se vuelve eterna”, afirma.
Los causas de la decadencia
Al hablar con D7 sobre la talabartería, Pinargote se emociona y olvida momentáneamente las malas ventas que se registran en esta actividad. Ríe y de inmediato explica uno de los motivos de los buenos tiempos que tuvo el negocio: “antes, sobre todo en la zona rural, todo mundo tenía su caballo o burro. Con ello el negocio era redondo, de hecho “el patrimonio familiar que poseo pude hacerlo efectivo con las ganancias que me hice al principio”, asegura.
Con rostro contrario a la felicidad que muestra cuando rememora los comienzos de su talabartería continúa: “en la actualidad, con el acceso a vías y vehículos, resulta más caro mantener un caballo que una moto o bicicleta”, expone, aceptando que su negocio tiene los días contados.
Clientela actual
Julio Pinargote, hermano de Luber y también parte del negocio “Las Hamacas”, se une a la conversación. Él señala que el negocio aún se mantiene por los clientes que vienen desde los lugares más apartados de la provincia, especialmente de las zonas rurales de Pedernales, El Carmen, Jama, San Isidro (San Vicente), Olmedo, Santa Ana, “incluso, hay quienes vienen desde Santo Domingo y Quinindé”, acota. Esto, según Julio, “es porque a nivel nacional ya están quedando pocas talabarterías”.
Entre risas y en tono bromista, el comerciante asegura que “mientras las autoridades sigan sin arreglar las vías, nuestro negocio se mantendrá”.
Artículos tradicionales
Al frente de “Las Hamacas”, cruzando la calle, está otra talabartería. Un negocio que, casi inadvertido por la aglomeración de otros, muestra los artículos agregados de las tradicionales talabarterías. Ésta se llama “El Buen Amigo” y allí aún se puede encontrar las lámparas a kérex elaboradas con latas recicladas de atún u otros productos.
“El Buen Amigo” pertenece a Kléver Bravo, un portovejense de 40 años que ve en su talabartería una forma de mantener la tradición que heredó de su padre. Durante los 17 años que lleva al frente de la talabartería, cuenta que ha tenido buenas ganancias. “Por lo menos tengo para vivir y aunque las ventas ya no sean como antes, seguiré con el negocio hasta que me muera”, agrega.
Municipales no les permiten exhibir artículos
Luber Pinargote asegura que a pesar de que ya el negocio no es rentable, los policías municipales se han predispuesto a “hacernos la vida más difícil”, subraya, argumentando que les han prohibido colgar los artículos en los frentes de sus locales.
“Ahora ¿cómo hacemos, si lo que no se exhibe no se vende? Peor los productos de talabartería que, en estos tiempos, más los compran para adorno que para el uso que fueron elaborados”, sostiene.
Pinargote reclama esta prohibición, aduciendo que los artículos que se exhiben en las talabarterías, al estar colgados en las partes altas de los locales, no afectan la circulación de los transeúntes.
“Además esta es una zona con imagen popular que ya es tradicional en Portoviejo y que hay en cualquier ciudad del mundo, por muy moderna que sea”, subraya.
Ante este reclamo, un policía municipal, quien prefiere no identificarse, afirma que ellos sólo están cumpliendo con las órdenes de regular el comercio que, “según las autoridades del Municipio, generan una visión desordenada y desagradable de la ciudad”, puntualiza.
DATOS
Elaborados con cuero. Los artículos de talabartería fueron, en su mayoría, tradicionalmente elaborados con cuero y especialmente diseñados para los caballos y burros. Entre éstos se destacan las cabezadas, las baticolas y los aguimones.
Artículos agregados. Las lámparas a kérex y planchas recalentadas con carbón dentro de su estructura son algunos de los artículos tradicionales de las talabarterías, que aún se venden en estos locales apostados en la calle Alajuela.
TALABARTERO. Emilio Barcia espera pacientemente a sus clientes. Dice que en ocasiones la espera es interminable.