PARA TI, JOVEN
hola Amigos(as), somos alumnas de un colegio, también asiduas lectoras de los artículos que escribe el Padre Mendoza, en este periódico y en este espacio. Queremos contarles con seguridad que al igual que ustedes, no nos parecía importante leerlos, siempre buscamos en un periódico las páginas sociales o si acaso los deportes. Lo hicimos primeramente como una obligación ya que nuestra profesora nos exigía como deber, debíamos recortar el artículo, pegarlo en una carpeta hacer un comentario propio y luego junto con ella analizarlo, ¡qué aburrido, verdad!, pero déjennos decirles, que a medida que pasa el tiempo, esperamos los domingos para leer el nuevo artículo que deberá escribir el Padre Mendoza, ya no como una imposición, más bien como una ayuda a fortalecer nuestro espíritu, a crecer como personas de bien, a amar y compartir y a vivir en sociedad. GRACIAS Padre Mendoza. (5to. Curso).
Queridas amigas: como ven, les he dado gusto cediéndoles esta columna. Mil gracias por vuestro aprecio. Éste me estimula a seguir escribiendo para tantos y tantos jóvenes como vosotras.
Llevo escribiendo esta columna desde los años 80!! Y cuando alguien me dice el bien que le hace, me anima más a leer, pensar, preguntar para llevar un rayito de luz y de esperanza a mis jóvenes lectores y no tan jóvenes; y ayudarles a volar alto más allá de las pequeñas alturas que nos brinda una sociedad materializa y egoísta. Y es menester tomar altura pues desde ahí se amplía el horizonte y se descubren mil cosas que no se aprecian cuando uno sólo vuela a ras de tierra.
Un granjero tenía entre sus pollos un águila que volaba sólo lo que sus compañeros de corral y comía lo mismo que ellas. El amigo le preguntó al granjero: ¿cómo es posible que tengas un águila con las gallinas? Le respondió: un día me lo encontré pichoncito le enseñé a comer, dar sus vuelitos, y sobre todo, aprendió de los mismos pollos.
Sin duda que el aguilucho no tenía idea de lo que se perdía pues nunca había salido del corral de los pollos. Como tenía el buche lleno de alimento, un alimento que no era el suyo, se encontraba tan satisfecho. ¿Le daba miedo la sola idea de la altura? ¡No sabía lo que se perdía!
No había experimentado aquello de “gaviota que vuela alto ve lejos”. Quien dice gaviota dice alcatraz o dice garza… me encantan las garzas cuando vuelan en bandada, bien ordenadas, siguiendo a la que según el turno, va a la cabeza rompiendo el viento, y me gusta ver la majestuosidad cuando descienden a tierra.
Volvamos al aguilucho en el corral de pollos. Un día el dueño del corral se compadeció: le dio lástima el ver como se desperdiciaba entre los pollos que no tenían más horizontes que engordarse, estar apetecibles para ser comidos por su dueño o por las personas a las que los vendiera.
Salió de mañana con el aguilucho que se agarraba fuertemente a su dedo índice. Trepó la montaña, y enseñándole el horizonte azul inmenso le dijo: “Eres águila, no gallina. Estás hecho para las alturas, para otros horizontes”. Y le impulsaba a que volara. En vano, volvía al corral de los pollos. Así lo hizo varios días, hasta que por fin se soltó abriendo sus alas y elevándose. No lo había hecho nunca, pero ahora sentía una satisfacción inmensa. ¡Qué horizontes insospechados! Y todo por dejar el corral de los pollos… de ese espacio reducido del corral.
Ojalá que vuestras ilusiones vayan mucho más lejos de lo que os brindan las discotecas y el mundo sensual que parpadean a nuestro alrededor. No lo olvidéis: “Garza que vuela alto ve lejos”.