TURISMO

Un beso a la montaña


LO encontramos al comenzar una caminata por el páramo que resultará todo un desafío pero que, para él, sería casi un juego de niños. Por suerte, su conocimiento del terreno nos indica un camino más corto para hacer el recorrido.
Para subir al Cotopaxi, que se yergue con su belleza impasible más allá, dice que utiliza unas pocas horas. Hombre acostumbrado al trabajo duro, cuando antes de la cena lo vemos nuevamente, parece tan distendido que nadie sospecharía la jornada que ha transcurrido para él, otra más en su vida de chagra.
Roberto Veloz, un chagra del alto páramo que trabaja en la hacienda El Porvenir (www.tierradelvolcan.com) ha llegado al fin de otro día de labor con viento y sol.
Pinceladas al viento
“La vida de un chagra está siempre atada, unida al campo, al páramo. Al despertar en las mañanas, se siente el viento que toca la piel”, dice Roberto, sin pensar que sus palabras pintan con simple poesía las vivencias.
Un chagra conoce de costumbres y tradiciones, “sabemos que existen muchas plantas y las podemos identificar, como la chuquiragua, que sirve ayuda a las personas diabéticas, actúa contra los cólicos y es un diurético”, explica.
No puede dejar de hacer referencia a las compañías que tiene en el campo: “uno es amigo del caballo, del vacuno, del perro; el caballo es además una herramienta de trabajo”.
Edwin Roberto Veloz nació en la zona de El Pedregal, cerca de El Porvenir, y atesora historias de fuerza y coraje. “Mi bisabuelo me contaba que él caminaba hasta Riobamba”, recuerda.
Dicen que los orígenes del nombre chagra se pierden en el tiempo, y posiblemente sea así. Pero hay referencias que señalan la influencia de los jesuitas que en el siglo XVI trajeron al páramo el toro de lidia, un animal bravo que luego los habitantes del lugar aprendieron a dominar con el paso de los años. Aparentemente, la palabra provendría del quichua chakra, y se refiere a las tierras de cultivo.

Costumbres sin fronteras
Es notable cómo muchas costumbres trascienden fronteras y hasta las palabras que las identifican son idénticas. “Aquí hacemos la yerra en junio”, me dice, lo cual acerca recuerdos de la tierra gaucha. La yerra es una costumbre de campo, de marcar los animales de cada propietario, pero deriva en una verdadera celebración. Desde los gauchos al chagra, permanece lo esencial.
“Siempre utilizamos un caballo de abundante pelaje, pezuñas encogidas, excelente para andar en sitios resbalosos; el caballo paramero sabe cuándo viene el peligro”, dice Roberto. Antes, estos caballos fueron salvajes y, para domarlos, “los torturaban mucho; ahora es diferente, se los va llevando de a poco, inclusive hasta se les escupe un poco en la cara, para que se acostumbre al olor de las personas”, dice.
Costumbres ancestrales dictan también qué se debe comer para tener energía. “Me levanto a las 5 de la mañana y mi desayuno es una sopa, también un morocho, como mucho maíz”.
También guarda historias de costumbres antiguas con el centinela nevado que se levanta con casi seis mil metros a pocos kilómetros. En la pared oriental del Cotopaxi hay una roca que los lugareños llaman Mochana y a la que “cuando uno va a ir por allí, se le da un beso y se le dice: perdón, voy a pasar”.

Con siglos de luto
Ya casi hemos estamos llegando a Baños, en el tour ofrecido por la Corporación Metropolitana de Turismo de Quito. En el municipio de San Pedro de Pelileo, el mercado de los salasacas agrega color al lugar ubicado sobre la vía, paso obligado de potenciales clientes de ponchos, sombreros, camisas, distintas prendas que llaman la atención de cualquiera.
Quien atiende uno de los puestos es Rosa Caizabanda y aquí vale el clásico regateo, es casi una norma que todos aceptan. Al final, un poncho abrigado pasa a ser patrimonio para futuras visitas al páramo.
En Baños volvemos a encontrar a José Masaquiza, un salasaca que, como sus hermanos, se dedica a la venta de prendas confeccionadas por él mismo, y nos confirma la historia: los hombres usan el poncho negro y las mujeres una falda del mismo color, en duelo de siglos por la muerte del inca Atahualpa. Los salasacas llegaron de Bolivia siguiendo la ruta inca, y quedaron establecidos en la actual Tungurahua.
En distancias relativamente cortas, es grande la diversidad cultural que el viajero puede hallar. Pueblos que conservan las costumbres de sus ancestros, historias a veces no contadas al gran público y sí transmitidas de generación en generación. Inspiración perenne de una tierra agreste y a la vez acogedora, resguardada por las sombras colosales de los volcanes, guardianes milenarios.<<


ALTURAS. El páramo requiere una adaptación que no resulta fácil para la gente de ciudad




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