Opinión
Horacio Hidrovo
Efrén Navia o un Quijote del Siglo XXI
Fiesta en grande, con no más de 15 personas, pero en fin de cuentas, fiesta grande. Riochico ya tiene un gran museo, la vieja parroquia, la que mostró al mundo al mejor feria de Manabí, en la década del 20 al 30, la de las balsas montubias que bajaban por el río Chamotete y Bajo Grande, encendiendo la aurora.
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Miércoles, 17 Diciembre 2008 21:23
Eldiario.com.ec Un hombre sencillo, alto, flaco, casi como el Quijote de La Mancha, de categoría intelectual, sin saco, sin chaleco y corbata, como los que están de moda, pero que conlleva una sabiduría, que rápidamente conecta al asistente, al conocimiento de la Filatelia, sumando países y continentes.
¡Gracias Efrén! Por este regalo al desarrollo cultural de Manabí, hoy, indiscutiblemente, la región más bella de América Latina. Efrén, sí sabe diferenciar entre los términos región e identidad cultural; por eso este nuevo museo abierto al público, dentro de sus cuatro paredes de caña y madera, es un regalo al mundo. Efrén no tiene vanidad, ni falso orgullo, es un hombre de camisa, que camina los senderos montubios, sin títulos académicos, ni cosa por el estilo.
Digo, camina, y da gusto conversar con él, lo que se trata de un casi sabio, que ni siquiera consulta a su bolsillo para regalar a los asistentes pastelillos y platos típicos de Manabí. Estoy seguro que de estos tipos, de facha quijotesca, quedan muy pocos, armando siempre los escenarios de una identidad montubia que aparece a través del diálogo con Efrén Navia Macías.
Qué importa que los otros no hayan ido, qué importa que este hombre, doblemente sencillo, haya invertido en breves y pequeñas invitaciones, si muchos hubieran deseado participar del conversatorio que se dio en la mañana del sábado 13 de diciembre. No fueron, porque fácilmente los absorbió la cultura urbana, casi siempre perniciosa, si no se la sabe interpretar y ejecutar. Pero para qué llorar, mejor es ir un día domingo a Santa Martha, pequeño caserío a la margen derecha de la carretera que conduce a Riochico, y después entender que en ese sitio, de fachada insospechada, hay un museo que habla del pasado, amarrándose en un gran abrazo con el presente.
Finalmente, desde acá, hermano Efrén, un gran abrazo, de esos que no suenan porque la sinceridad no suena, no tiene sonidos, que es sencillamente humano y abierta como los horizontes nuestros, más allá del tiempo, más allá de la dimensión de los siglos.
"No tiene vanidad
ni falso orgullo, es hombre de camisa"
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