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Brasileños viven una noche de delirio desenfrenado

Ataviados de asteroide, raposa, rey mago o partitura, entre otros trajes que la creatividad produce, puñados de extranjeros se suman cada año a las escuelas de samba que desfilan en el carnaval de Río de Janeiro para una noche de delirio y emoción.


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Lunes, 19 Febrero 2007 19:20
Noticia Eldiario.com.ec
No sólo los cariocas sueñan con desfilar en la Avenida del Marqués de Sapucaí, donde se alza el sambódromo. También lo hacen muchos extranjeros o brasileños de otras ciudades deseosos de tener, al menos una vez en su vida, una experiencia sensorial como pocas.

Para las escuelas de samba, la noche del desfile es la culminación de meses de preparativos, que se hacen febriles en los días previos al carnaval.

Para los extranjeros, es el momento de la verdad. Semanas imaginando cómo será el traje, el desfile y la diversión prometida.

En el mejor de los casos, cuentan con la experiencia de haber participado en los ensayos nocturnos que cada escuela de samba organiza en diferentes puntos de la ciudad. En el peor, no se sabe ni la letra de la canción, un "delito" imperdonable, ya que puede restar puntos.

Tres horas antes del desfile, los participantes son convocados en los alrededores del sambódromo para terminar de vestir trajes multicolores, maquillarse y encaminarse a la avenida donde se prepara la cabalgata.

Las calles quedan sembradas de bultos envueltos en grandes bolsas de plástico y prendas de colores brillantes, mientras algunos apuran las últimas horas para beber o comer algo.

"Menos mal que el traje era muy sencillo", ironiza un español, enfundado en un maillot negro, estilo nadador de los años 1920, mientras coloca una espesa capa de plástico, que a todos hace temer una noche de copioso sudor, y un aparatoso armazón, realzando los hombros, sobre el que reposa una artística estructura adornada con plumas.

El mayor problema son los zapatos, en casi todos los casos demasiado grandes, y un tortuoso sombrero, de apariencia inocente, pero que se acopla como un casco que estruja el cerebro.

"¿Estáis seguros que esto es así?", pregunta un argentino del mismo grupo, mientras intenta descubrir si unos aderezos que llevan su traje de "Asteroide B612" se colocan en las muñecas o en los tobillos.

Son cariocas de adopción, empleados de compañías extranjeras que viven en Río, amigos y familiares, que se han sumado a la escuela "Académicos de la Rocinha" para participar de la fiesta.

El sábado fue el día dedicado al llamado Grupo de Acceso, un total de diez escuelas que disputan el primer puesto, que llevará a una de ellas a la categoría superior: el Grupo Especial, del que forman parte las mejores escuelas de samba de Río de Janeiro.

Para los "Académicos de la Rocinha", que el año pasado descendieron al Grupo de Acceso tras sufrir una lluvia implacable que perturbó su presentación, está en juego la vuelta al Grupo Especial, y los extranjeros no quieren ser responsables del fracaso, por lo que el esmero debía ser mayor al pasar delante de los jueces.

Con el título "El gigante mundo de los pequeños", la escuela recreó su visión sobre el mundo del sueño, el juego y la poesía, e incitó a todos los espectadores a dejar volar la imaginación por reinos reales o imaginarios y expresar la vocación de ser feliz.

Para ello, rememoró genios infantiles reales o ficticios, desde el Pequeño Príncipe hasta Mozart, en una historia que pretende mostrar que no importa la edad y que lo fundamental en la vida es aprender, enseñar y transformar la realidad, para lograr un mundo mejor.

Para los participantes extranjeros cantar al rápido ritmo del samba en portugués era un desafío. Bailar por toda la avenida, sin perder el paso, la línea, desbordar o meterse en otro grupo con diferente disfraz, una preocupación. Pero, el reto valía la pena.

"He vivido un pequeño sueño", dijo un canadiense de origen brasileño, quien confesó que, aunque fue algo especial, le basta con una vez, y se preguntó cómo los cariocas pueden volver cada año.

Lo más sorprendente para los extranjeros fue la ebullición, la tensión acumulada y, sobre todo, la absoluta dedicación de los cariocas a una fiesta que, además de alegría y diversión, supone una importante fuente de ingresos para la ciudad.EFE



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