MONTAJE

Wall-E (o nuestro nuevo amigo)

En 1937, Walt Disney le dio al mundo la primera gran película animada: Blanca Nieves y los siete enanos. La vieron mis abuelos y mis padres y la vi yo y ojalá la vean los que vengan después de mí.



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Hace setenta y un años el sólo hecho de pensar en un largometraje completamente dibujado era demente. Por esos días, la gente pensaba (algunos lo siguen pensando) que todos los dibujos eran caricaturas y que sólo podrían servir para una cosa: hacer reír a los niños. Blanca Nieves probó lo contrario, se hizo con drama, acción, romance y misterio. La historia de la princesa perseguida por su madrastra tiene momentos que, hasta ahora, me emocionan y me ponen a temblar del miedo. Nunca he tenido dudas al respecto: los dibujos animados tienen tanto poder narrativo y dramático como la gente de carne y hueso.

Ya nadie habla de dibujos animados sino de animación por computadora. Desde Toy Story (1995), el cine como lo conocíamos cambió para siempre. Un puñado de directores, escritores y animadores se pusieron a hacer películas para niños que serán grandes y grandes que fueron niños. Cintas como Los Increíbles y Rataouille son obras mayores, obras maestras capaces de conmover hasta el llanto (me pasó con la historia de la rata que cocina en París, justo cuando el crítico Anton Ego escribe su reseña), historias completas, redondas, efectivas, llenas de conflictos, que no tienen nada que envidiarle a sus colegas de treinta y cinco milímetros. Wall-E, el estreno de este fin de semana, va por ese mismo camino. Es una gran historia de ciencia ficción. Más allá de todo el aparataje técnico, de los efectos especiales y el diseño del espacio exterior, hay un personaje con sentimientos, sentimientos como los nuestros aunque a él no le corra sangre por las venas sino electricidad por los transistores. Entonces ellos, los personajes animados, y nosotros, los animados personajes, nos empatamos y en el mejor de los casos podemos llegar a querernos. El estreno de Wall-E espero sea el comienzo de una bella amistad.

Odio que la gente diga "esas cosas son para niños" o "tuve que verla, por los pelados". Yo, por ejemplo, encuentro más madurez en Kung Fu Panda que en John Rambo. Además, si algo hay que perseguir en esta vida, es el niño que llevamos dentro, esa sensación de que el mundo nos pertenece, de que nada es imposible, de que los sueños no sólo se sueñan, se cumplen, de que el bien le gana al mal y de que sin importar cuánta sopa nos quieran hacer tragar, al final, al otro lado del arco iris, siempre habrá un tazón de oro lleno de helado.


 

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