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Opinión

Juan José Illingworth

La independencia de Guayaquil

Guayaquil no tiene ningún futuro si sigue formando parte del Ecuador. Desde hace mucho Guayaquil no ha cesado de aportar a la Patria, comenzando por su libertad. Apenas 43 días después del 9 de octubre de 1820, todo el territorio, menos Quito, se había declarado independiente. Guayaquil puso el dinero y los muertos para avanzar hacia la sierra, en donde finalmente vencieron en Pichincha. En vez de reconocer al 9 de octubre como la verdadera fiesta nacional, las autoridades “nacionales” e historiadores quiteños han ocultado la real importancia que tuvo Guayaquil y han preferido desde embajadas y dictaduras promover más bien el 10 de agosto, cuyo bicentenario están próximos a festejar, con “expertos internacionales”, como si fuera todo un alarido de independencia, cuando en realidad por 5 ocasiones en el Acta reconocen sumisión al soberano español y la revuelta sólo significó una lucha intestina dentro de las mismas clases dominantes.


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Jueves, 9 Octubre 2008 21:33
Noticia Eldiario.com.ec Para ira de algunos “intelectuales” quiteños, nosotros siempre celebraremos un año, 7 meses y 15 días de más de independencia que ellos, tiempo muy similar al que pueden festejar los manabitas y casi todos los ecuatorianos.
Pero como vivimos de nuestro trabajo y no de laureles, peor ajenos, Guayaquil no ha reclamado la paternidad de sus gestas y ha aceptado que los textos de historia ecuatoriana redactados por quiteños los pongan casi en el plano de la heroicidad, aunque sea por fruto de la arenga de una mujer que les recordó para qué habían nacido, al preguntarles de qué tenían miedo.
Por años, la que fuera “capital económica” ha seguido aportando al país; todavía hoy, a pesar de la quiebra de 1999, genera una transferencia neta de recursos hacia Quito del orden de los 2 mil millones de dólares al año. Basta revisar la ejecución del presupuesto del 2007 para comprobar que por cada guayasense sólo se transfirió $ 77.09 versus $ 125.15 que recibió el resto de ecuatorianos, violando la igualdad que dizque asegura el Art. 23 n.3 de la constitución de 1998 y el Art. 11 n.2 de la del 2008. Sin embargo, la ciudad no ha parado de abrir sus puertas, a tal punto que es la ciudad más poblada del Ecuador. Esta grandeza y ese carácter altivo nos impiden pasar el sombrero como modo de vida, también nos ha ganado la envidia de parte de algunos que nos achacan de grandes, pero en otro sentido de la palabra. En esta última elección, al igual que en la consulta de 1995, Guayaquil se ha manifestado diferente; en aquella ocasión votó por más libertad en la seguridad social y por más descentralización; hoy ha votado por más autonomía y menos totalitarismo, por más gobierno local y menos cuento nacional. La relación del país con Guayaquil es tal que muchos ya sentimos que el significado de Ecuador es el de una línea imaginaria. Puede que los asambleístas hayan calificado al separatismo como un delito, pero mi opinión, a la que tengo pleno derecho, es que Guayaquil estaría mil veces mejor separándose del Ecuador. Y, según los que no nos quieren, Ecuador también.


"Vivimos de
nuestro trabajo y
no de laureles"


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