La nueva ley de Tránsito obliga a los conductores de toda clase de vehículos así como a la ciudadanía, a informarse para no transgredirla y ser víctimas de las sanciones.
Para mi criterio, se ha cometido un error, ya que una infracción se la está castigando, penando o sancionando dos veces, con multa y con rebaja de puntos en la licencia, a pesar que no puede haber castigo dos veces por la misma causa. Si no estoy equivocado, debe revisarse y corregirse esta ley en este aspecto que estaría en contradicción con la Constitución.
Con las sanciones que deben imponerse a quienes no respeten las señales de tránsito, pasarse en luz roja, conducir a exceso de velocidad, etc, creo que el 99 por ciento de quienes conducen principalmente volquetes, buses de servicio urbano así como los de transporte intercantonal y provincial, en una semana tendrían que pagar cientos de dólares y coparían la totalidad de puntos para que les sea anulada la licencia.
Es que los conductores de estos vehículos no respetan nada; en las calles de la ciudad se detienen donde les viene en ganas para recoger o dejar pasajeros, van a velocidades escalofriantes, invaden carril, rebasan en lugares prohibidos; y pobre del que les reclame, le insultan hasta la quinta generación.
Si los policías de tránsito se preocuparan en hacer cumplir la ley, no habrían tanto accidentes en que se pierden valiosas vidas. Los señores policías no controlan el exceso de velocidad ni en la ciudad ni en las carreteras. Es fácil constatar en las vías a Manta, Santa Ana, Crucita, que tanto buses como volquetas van a más de 120 kilòmetros por hora. En el cerro Guayabal, en el cruce a Guayaquil, está permanentemente una camioneta policial que no cumple ninguna función. Este carro y los policías, que allí están durmiendo o leyendo; deberían recorrer esa vía para poner orden a esos desesperados conductores, que son los causantes de accidentes por el exceso de velocidad. Además, la ley no induce a mejorar la actual situación, como por ejemplo que los semáforos estén sincronizados, que se elimine el control intermedio de los buses, en que el oficial en desaforada y peligrosa carrera va a marcar su turno.